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Dios hace todo para mejor

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Un monarca tenía un ministro célebre por su sabiduría y desde lejos venían a consultarlo. A todos aquellos que en la desgracia y la aflicción le pedían consejo y consuelo, invariablemente les decía: "Dios hace todo para mejor".

Un día, el rey llevó a su ministro a cazar a la jungla. Al lacear una fiera, el soberano y su favorito se alejaron de la comitiva real terminando por extraviarse en el corazón del bosque inmenso.

Al mediodía, el calor se hizo insoportable. Desesperado y hambriento, el rey se sumió en el desconsuelo bajo la sombra de un árbol. Ministro gimió mis fuerzas se acaban y tengo un hambre horrible. Intenta buscarme algo de comer.

El ministro fue a recoger frutas que le ofreció a su amo, pero éste, en un acceso de febril glotonería, hizo un mal movimiento con su cuchillo y se cortó un dedo.

¡Ay, cómo me duele, ministro! ¡Qué dolor! gritó apretándose el dedo cortado, que sangraba.

El otro se contentó con decirle muy tranquilo: "Dios hace todo para mejor". Tales palabras exasperaron al rey, que ya estaba furioso por el contratiempo. Loco de rabia, se abalanzó sobre el ministro y lo hizo rodar a punta de golpes, mientras aullaba: "¡Cretino miserable! ¡Estoy harto de tu filosofía! Estoy padeciendo los peores sufrimientos y lo único que sabes decirme como consuelo es: `¡Dios hace todo para mejor!' ¡Vete al diablo! ¡No quiero verte nunca más ni oír hablar de ti!"

El ministro se retiró de inmediato, repitiendo muy tranquilo: "Dios hace todo para mejor".

Solo, el monarca se confeccionó un vendaje con un trozo de su túnica, en medio de amargos pensamientos.

De pronto, dos robustos mozos surgieron entre la espesura precipitándose sobre él y lo ataron con rapidez. El rey no estaba en condiciones de batirse, y los hombres eran verdaderos colosos.

¿Cuáles son vuestras intenciones? ¿Qué queréis de mí?, preguntó el soberano aterrado.

Te ofreceremos en sacrificio a nuestra Diosa Kali. Todos los años, en esta fecha, acostumbramos a rendirle un homenaje así. Y, justamente, buscábamos una víctima adecuada, cuando un azar propicio nos guió hasta ti.

¡Esto es imposible! protestó el cautivo, horrorizado. ¡Vosotros no sabéis frente a quién estáis! ¡Soy el rey de este país! ¡Soltadme! ¡Ah, qué bien! exclamaron los dos gigantes . Nuestra venerada Madre Kali estará muy contenta cuando vea qué importante personaje le ofreceremos este año. Y ahora, ¡vamos! ¡Síguenos! Cualquier resistencia será inútil. El monarca, aterrado, fue arrastrado hasta el templo de la diosa y depositado sobre el altar. El sacerdote se aprestaba a levantar su puñal, cuando reparó en el vendaje aún ensangrentado que tenía la víctima. Después de constatar que al rey le faltaba un pedazo de dedo, lo hizo liberar de inmediato, diciendo: "Este individuo no es digno de nuestra gran diosa. Debemos ofrecerle a Kali un hombre entero, bien constituido. Este de nada sirve. ¡Que se vaya!"

El rey se fue rápidamente, feliz de haber escapado a una suerte tan funesta. Y se puso a recordar las palabras de su ministro: "Dios hace todo para mejor". ¿Acaso en esos momentos no estaría despedazado en el altar de Kali, si no se hubiera cortado un dedo a causa de una infeliz distracción? Reprochándose, en verdad, la forma de cómo había insultado y golpeado a su consejero, recorrió el bosque llamando al ministro para reparar la injusticia con rapidez. Por fin, descubrió al sabio, que meditaba en un claro del bosque. El rey lo abrazó llorando, mientras le suplicaba perdón por su error. Luego, le contó su aventura y cómo los adoradores de Kali lo habían libertado gracias a su mutilación.

Señor, nada tengo que perdonarle dijo el ministro y usted no me ha ofendido. Al contrario, soy yo quien le debo la vida. Si usted no me hubiera echado, también habría sido capturado y los devotos de la diosa me hubiesen inmolado a mí en su lugar, porque mi cuerpo está intacto. De modo que, en verdad, "Dios hace todo para mejor". Del libro Los Locos por Dios de P. Ravignant


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