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Despertar

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Ella recordaba como cuando niña y luego también cuando adolescente, su madre intentaba constantemente ordenar su vida, mientras hacía lo posible por evitar lo predecible y aunque su padre la secundaba, tal vez sin proponérselo pues era más liberal que su esposa, sin embargo al igual que el resto de los varones de la familia, como respondiendo a su cultura o a su formación, la sometía también a las prohibiciones “habituales” de todo hombre cubano de su generación para con sus hijas, lo que estimuló en ella con el tiempo, sin dudas, una especie de reacción en cadena.
Como era de esperarse la joven no le prestaba atención alguna a las recomendaciones de su madre en ningún sentido, pues se sentía superior y que todo lo “sabía” de antemano. Aunque por sus estudios y lecturas, a pesar de su edad, siempre su mundo fue mucho más amplio que el de su madre, e incluso de la mayoría de sus amigas, pero la oía, para finalmente hacer lo que le venía en ganas, quedando siempre bien con todos. El antagonismo insalvable que siempre estuvo presente entre madre e hija, toda vez que la primera exigía acatar y propiciaba el desacato del libre albedrío en la segunda, se mantendría por casi toda una vida.
De su padre y sobre todo de sus hermanos, o tal vez de su padrino ---quien supo y pudo de ser en aquellos primeros tiempos su admirador, cual receptor a sus ideas y a sus esperanzas---, todos ellos le brindaron en su infancia, así como en su adolescencia innumerables experiencias que oyó y condicionó a su juicio y beneficio. Hizo suyas algunas de ellas, con sus adecuaciones, al compartirlas con sus receptores, quienes en honor a la verdad, nunca fueron sus más jóvenes “amigos” con quienes jugó a sus anchas, sino hombres ya maduros, a los que intentó manipularlos a su antojo, lográndolo en muchas ocasiones
Sin bien la edad entonces no le permitió tal vez expresar todo lo que bullía en su interior... muchas respues¬tas quedaron entonces encerradas en su cofre. No tardaría en buscar en otros, sus respuestas, y por supuesto la ansiada libertad a la que aspiraba desde sus sueños infantiles. Su entrada en la adolescencia, con su natural ruptura interna e inevitable dolor, fue no sólo el don natural de ordenar su vida al convertirse en adulta, sino, que la asimiló como una verdadera liberación de su yo interno. Para la infanta el entrar en esta nueva etapa, llevar una vida condicionada por los demás era como vivir una vida ajena, lo que le acarreó debido a su comportamiento, los sobrenombres de “rebelde”, “conflictiva”, “autosuficiente”, o “extremista”,
No resulta ocioso destacar que en la mayoría de nosotros, me refiero a los que ya “peinamos canas” y nos consideramos maduros ---aunque algunos en realidad no lo son---, existe la lamentable tendencia a considerar la rebeldía como elemento disociador, cuando no representativo del caos. De donde algunos infieren que si se es rebelde, lo es contra el orden establecido y no se puede ser ordenado, por lo cual lo que se manifiesta como una simple protesta propiciatoria del equilibrio se convierte en electrón libre ---léase la joven de nuestro relato---, en célula muerta necesaria a ser extirpada.
En realidad, la mayoría de las cosas “profundas” como decían las personas “maduras” de su familia, las hacía resbalar por su mente, solo dejaba en ella lo que podía servirle en un futuro, esforzándose al máximo para que la experiencia que le tocaba vivir no la pudiera herir demasiado. No obstante engorrosos fueron algunos de los tropiezos con que tuvo que chocar, debido su posición denominada por estos de “autosuficiencia” o de posiciones “extremas”, enfrentando en momentos hasta la propia naturaleza de su inevitables desarrollo, pero lo cierto era que de todo tropiezo y de todo lo que le ocurría para bien o para mal aprendía, aunque demostrase de antemano estar preparada para lo que fuera, no era así... temblaba ante lo inesperado... pero tan internamente que el mas acucioso observador no podría percatarse de su miedo.
Tal fue el caso de lo ocurrido en su “despertar” como mujer, significativo para ella el hecho, así como el lugar en que ocurrió...
...una tarde en que en unión de su madre, fuera a tomar el ómnibus de trasporte público, que le conduciría al lugar de reunión para su salida a un Campo de Veraneo... La madre se despidió de ella, dándole algunos consejos para que estuviese preparada “para algo nuevo” que le pudiera suceder. La joven por su parte ya había presentado algunos dolores de ovario y la madre sospechaba que en cualquier momento pudiera “menstruar”, por lo que le había conversado al respecto, pero está centrada en su posición habitual, se sentía preparada para todo… imaginaba lo que vendría. La despidió entonces como lo hacía, habitualmente, con su pañuelo, a la par que en respuesta la hija asentaba con un elegante movimiento de cabeza, mientras su mente, cuán lejos aun, se imbuía en, vaya usted a saber que pensamiento.
El clamor del gentío que esperaba el ómnibus, al saberse excluido no la ayudaba, a duras penas logró atravesar la puerta y avanzar hacia el interior, buscando un lugar adecuado. Antes de adaptarse a la marea humana que la rodeaba, observó el agitar de manos de la madre, con su modo tan peculiar de decir adiós, mientras sentía que transpiraba más de lo normal y algo mareada, pero en sus doce años ello se había convertido en algo habitual desde hacía ya meses.. No había querido, al menos por el momento, comunicárselo a nadie, menos a su madre.
...cerró los ojos e in¬tentó lo que llamaba “hablar consigo misma”, enlazar re¬cuerdos, ideas y expectativas, intentó evadir la mezcla de olores, sudores y empujones dentro del vehículo, pero el recurso falló... después los abrió, en el momento en que el trasporte arrancaba, perdiéndose de la vista de su madre. Había quedado de pie en el centro del tumulto.
El ómnibus rodaba ajeno a su “apretura”, deseoso de llegar a su destino para aliviar la carga. El roce de hombros y caderas, hasta los ocasionales pisotones, casi necesarios por el poco espacio, transmitían a la joven asustada el olor a chispa eléctrica, como si no se tratara de cuerpos en movimiento, sino de cables desnudos, dispuestos a intercambiar electrones contra la voluntad humana de separarlos.... se sentía incómoda... claro que le agradaba ser centro, pero no del torbellino humano que la acompañaba. Y menos su vórtice. Abismada, las piernas temblorosas... adolorida. Se propuso pensar en otra cosa que no fuera lo absurdo de su situación... paseó la mirada por los que le acompañaban.
Al frente, sentada una mujer bostezaba. Detrás de esta una anciana que, entre tos y tos, increpaba a un niño entretenido en escupir por la ventana contra el viento. Más allá un hombre, no muy viejo, un típico hombre de campo, con el cuerpo lleno de arrugas de surco y sol, como una vitrina de su diario bregar con la tierra, las uñas como estalactitas rebanadas a ras y el yarey encajado en la cabeza, cubriendo quién sabe cuánta pobreza paleada con el azadón, cerraba sus ojos y se trasladaba tal vez a su tierra, escapando del bullicio no acostumbrado de la ciudad...
De pronto todo comenzó a girar en torno a ella y para ella... sintió que algo muy suyo dentro, se desgarraba, suavemente, sin violencia. Recordó el día en que en una cálida mañana, siendo niña, cayó al río, en el lugar exacto donde se formaba interminables círculos, atrayéndola... como los brazos fornidos de aquel hombre la habían sacado a la luz. Si bien aquél día supo que había cambia¬do... la estancia fuera del agua se le presentó como una vida distinta al momento líquido de la caída, como distinta sería al abandonar el río, asustada, tocándose el cuerpo en busca de los infinitos puntos por los que sintió pene¬trar su curso...
Volvió a su realidad, intuitivamente se palpó los muslos, era un día semejante, estaba frente a otro cambio sustancial... pensó en lo que le podía provocar esa ruptura interior, y no pudo concentrarse al comenzar a temblar y sentir frío, dentro del calor ardiente del ómnibus se percató que la anciana, desde su asiento la observaba fijamente, como si con su mirada tratara de decirle lo que le ocurría... cuando una sustancia cálida, pegajosa, despertó sus miedos.... se sentía como en un laberinto y ella dentro de él sin poder escapar, mientras un ojo enorme, tal vez el de Dios, detenido, se le clavaba en el lugar de su dolencia... absurdo como el dolor que no le permitía ni siquiera pensar, inútil como el esfuerzo de alejarlo.
Detener el vehículo habría sido una proeza impensable, mucho menos poder orinar allí... eso nunca... aunque los deseos la impulsaban a hacerlo, junto a la vergüenza de verse señalada, apretó sus dientes y sus piernas para acallar el llamado de la sangre... no fue capaz en aquel instante de comprender que ¡Nunca más...! volvería a ser niña...


Enrique A. Meitín

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