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Un cuento para Sara

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Antes del diez. Llamo a Sara, le aviso que voy a pasar el ocho a pagarle el alquiler, las expensas y servicios. Siempre voy a su casa, porque es una señora mayor y no puede moverse mucho. Tiene todos los problemas físicos que un casi muerto puede tener, aparte vive en mi mismo barrio, tiene dos hijos, uno es maestro de música y el otro es empresario. Ambos parecen tener alguna deficiencia muy sutil, a veces bastante identificable. El maestro de música vive con ella. El marido muerto, ella jubilada.
Le toco el timbre, se acerca lentamente a la puerta, me mira a través de los lentes de lupa, nunca supe de que color tiene los ojos, no la miro muy seguido a los ojos, no se porque, pero nunca lo hago. Me reconoce o no, pero me abre, lentamente cierra la reja, no me saluda, nunca me saluda, yo a veces cuando estoy de muy buen humor, la saludo y le pregunto: ¿cómo está? Sabiendo que su respuesta estará minada de: Mal hija, me duele la ciática, me operaron de los ojos, me sacaron las pastillas ahora voy a tener que pagarlas yo y un montón de otros reproches de la edad, producidos cuando el contador del tiempo quiere pedir un crédito a la muerte, cuando la sociedad construye un palo muy caro y difícil de mantener para sostener en pie un árbol talado.
Me escolta entonces lentamente caminando desde el pasillo, pasando por el living cubierto de una cortina de PVC diagonalmente entrecruzada, tanto que tapa la puerta de entrada a la cocina comedor y hay que correrla para pasar, la baldosa floja y rota que siempre me dice que no pise, que la tiene que arreglar, me imagino que está hablando de ella. Paso, me siento en la silla de madera, pongo los papeles sobre la mesa de madera maciza, como un ladrón se vacío lo robado de un almacén, saco todo de la cartera con una mano, ella a la cabecera, empieza a examinar los documentos como un dinosaurio antropólogo buscando los restos de una raza anterior. Miro a la derecha, al final de la mesa hay un mueble antiguo, sobre la repisa del mueble donde supongo guarda la vajilla y chucherías, hay una muñeca con ojos abiertos, esas de porcelana con colitas, rubia, sentada con su vestido en una esquina, al lado un perro momificado por suerte no se ven sus ojos de bajo de todo el pelo azabache, al lado de el un cofre, al parecer de música, y para terminar el cuadro un florero blanco con flores de plástico en la mesa con dibujos estilo oriental en azul ultramar.
Entonces empieza la obra, revolotea el papel de la expensas como un cometa en forma de fénix, que nace y renace constantemente frente a sus pupilas, entonces le digo el total y ella empieza a llamar a su hijo a los gritos para que lea el total que siempre es el mismo, pero no confía en mí y el hijo que parece peor que ella a pesar de tener entre treinta y cuarenta con lentes de lupa también y unos pocos pelos asociados a neuronas, empieza a mirar la hoja sin entender nada de lo que dice, dandola vueltas, mirándo la primer hoja y la última sin encontrar donde está la lista de los inquilinos/dueños y las expensas a pagar, ella se altera y le dice acá! Y le marca dónde tiene que mirar, y él parece no ver nada, y le dice para! Para! Y yo a todo esto sentada mirándolos con la boca abierta a punto de derramar una gota de saliva de incomprensible desasosiego, entonces el empieza a tirar números al azar y dice “1500” , nono, le digo, no es $1500, y se queda callado, empieza a mirarla otra ves, y tira otro número y Sara se altera diciendo “no, no…”, le saca las hojas y le dice acá, dónde dice 7°23, acá, por dios! , tiene razón, si tu hijo es peor que voz y vos sabes que estás para el entierro, él dice finalmente el número correcto o no, y yo agarro la hoja y digo el número nuevamente, pero esta vez tampoco debe creerme simplemente está cansada y quiere matar a su hijo, me pide que se lo marque con una lapicera Bic azul, que esconde recelosa bajo la estatua de una virgen enteramente blanca, en esos recovecos/altarcitos que tienen las casas antiguas, y las viejas de casas antiguas, se lo marco con un círculo bordeando toda la información. Después cuenta la plata; billete por billete, hasta llegar al total del número y luego le mira la cara a Julio Argentino, y me mira a mí, a ver si sigo ahí o paso tanto tiempo entre billete y billete que yo estoy haciendo otra cosa, termina de contar y mira los servicios uno por uno, buscando el de “alumbrado, barrido y limpieza”, lo repite varias veces y cuando lo encuentra dice “acá está, acá está” dejándose tranquila, entonces le doy la plata de las expensas y cuenta otra vez, mirando a Roca. Entre todo eso yo ya guarde el recibo en mi cartera, y tengo en mente salir cuanto antes, en el segundo que terminó de contar, empieza a decirme que le duele la pierna, que la tienen que operar otra ves, entonces yo me voy parando, abro la puerta rectangular que me entrega una visión dividida por la cortina de PVC, a la izquierda el hall, y el pasillo de salida, plantas abarrotadas contra la pared, y a la derecha una mesa de plástico y sillas de el mismo modelo, de color blanco y algunas otras plantas esparcidas, al lado de la puerta la otra entada a la cocina y a los cuartos. Por suerte siempre elijo la izquierda. Solemne camina hacia la salida, me parece que siempre que me saluda le parece un milagro, seguir con vida, siempre que le voy a pagar tengo cierto morbo y miedo, de que el hijo me diga que se murió.


Florencia Mayra Gargiulo

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