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El perro y los humanos

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El perro y Los humanos:

1- Cuando Jonita llegó a la casa de Evelio, este estaba demasiado serio y apenas había escuchado el ruido del auto que se estacionaba en frente de su hogar. Silvia preparaba una ensalada de tomate y canturreaba una canción sin nombre. ¿Qué cantas?, pregunto el hombre, en un ademán de flagrante perturbación y molestia. Sonó el timbre y las dos piernas y el cuerpo del hombre se levantaron con un dejo de hastío. Verdaderamente no sabía que sus días cambiarían.
Abrió la puerta y estaba Andrés, su hijo, con ojos muy vivos y unos dientes que, cuando reía, llenaban de luz su cara. Tenía en los brazos una pequeña cajita con respiraderos- decenas de círculos dispuestos uno al lado del otro- y de la misma, emanaba un pequeño gritito canino.
- Padre, mira lo que te traje, el regalo que te prometí-dijo el joven muchacho-
-¡Hijo!, ¿qué traes ahí?-respondió Evelio con gesto impaciente-.
-¡El perrito!, ¡El perrito!
Y Evelio enrojeció de felicidad, Silvia, Silvia, es una bendición, mira, ese perrito. Y Silvia abandonó sus quehaceres con ahínco, ensordecida de duda y admiración. Andrés no paraba de sonreír, aunque de su boca no salían sonidos, ahí estaba, parado en la puerta, con la cajita abierta y la ratita rojiza que gemía, lloraba y suplicaba protección.
-Ya he cumplido, padre-dijo Andrés un poco avergonzado por la exaltación de sus progenitores-. Los quiero mucho, que lo disfruten y les haga buena compañía.
-Si mi hijo-respondió la madre-. Lo cuidaremos con mucho amor, y estoy segura que él nos hará buena compañía. ¡Es tan hermoso!, como un bebe, tiernito, inofensivo.
-Gracias Andrés-contesto Evelio pasándose un pañuelo por la cara-

Andrés regresó a su auto y le comentó a su esposa Lorena que los gestos de sus padres le habían parecido demasiado exagerados para con el perro. Al verlos, recordé cuando vieron por primera vez a Luisina, le dijo con la cara vacilante. Luisina era la hija mayor de la joven pareja, y Evelio y Silvia se habían emocionado en demasía cuando esta había nacido. Se abrazaban dando saltitos y la sola idea de ser abuelos los regocijaba tanto que ni la decepción más profunda podía arruinarles el momento.

2- A Evelio las conductas del canino en sus primeras semanas de existencia lo turbaban y atemorizaban. Era tan frágil que parecía que se iba a quebrar en cualquier momento y a veces-en un intento por emitir los primero ladridos- chillaba de una manera extravagante y el hombre pensaba que se iba a morir, porque además del alarido, se orinaba encima. Cuando pasaba esto, Silvia prendía una vela y se ponía a rezar, al levantarse y al acostarse, de rodillas, con las manos juntas y la expresión compungida. Evelio no pegaba los ojos: hablaba en sueños y se agitaba. Se levantaba y se dirigía hacia la cuchita del perro, que con rizos suaves y blanquecinos dormía echado, de costado y con la puntita de la lengua asomando por su aguzado hocico.
Jonita-porque así se llamaba- crecía y aumentaba de volumen con el paso del tiempo. Los rizos-aún suaves- se hacían más pronunciados y daba saltitos de cabra por el enorme patio de la pareja que lo había acogido. Le gustaba corretear por los potreros y molestar a los caballos que pastaban con tranquilidad las menudas hierbas del campo. A veces una calandria descendía a la superficie para atrapar gusanos y Jonita, atolondrado y chillón, se abalanzaba sobre la misma, con su insignificante materia, de patitas raquíticas y el rabo como un chichón, que sacudía con frenesí, cuando Silvia y Evelio lo alimentaban, bañaban, alababan y aplaudían.
La fragilidad del animal lo dotaba de una apariencia celestial y sutil, lo hacía tierno y querible, pero cuando estallaba en agudos ladridos, las personas que visitaban a la pareja, torcían sus bocas y quejumbrosas, retornaban a sus casa criticando la excesiva hospitalidad que los dueños le brindaban al perro.
En el vecindario, deambulaba una miríada de perros toscos, robustos, magullados por peleas nocturnas y la figura de Jonita, parecía un pedazo de gaza o de nube caminando entre una tormenta de violentos rayos y grises nubarrones. Silvia lo tenía profesionalmente adiestrado y con el mero estruendo de su voz, Jonita regresaba corriendo con aire deportivo y jovial al llamado de su ama. Cuando Evelio retornaba de trabajar-la mirada perdida, la frente sudada, una leve curvatura en su espalda- se extendía en sonrisas y gestos bondadosos para con el perrito, que lo recibía sonriendo, con las orejitas paradas y toda su figura vibrante, que rebosaba de esplendor y juventud.
-Silvia-dijo Evelio-. Con Jonita me siento joven otra vez. Siento que nuestra relación ha vuelto unos 30 años atrás, cuando todavía viajábamos por todo el país.
-Ay, Evelio-contestó ella con mirada de adolescente enamorada-. ¿Y quién te dice que no podemos volver a aquellas épocas? Qué bonito, volver a los viajes, como cuando nuestros hijos eran apenas unos niños.
-Realmente Silvia, no creo que sea descabellado, reemplazar a esta altura de la vida, a los chicos, por Jonita.
-No amor. Hoy en día es normal que los viejos como nosotros adopten mascotas como hijos. ¿Por qué ser la excepción? Demos a Jonita lo que se merece y a nosotros también.
A Evelio se le iluminó el semblante y viajó con su conciencia a Mendoza, Jujuy y Córdoba: vio al perrito caminando por las calles de San Miguel, y chapoteando por los curvos y poco profundos ríos de Mina Clavero. Silvia miraba a Evelio y pensó que las canas lo hacían más grave y más apuesto.
3- Y así comenzaron a vagar por las empolvadas rutas del país. Cenaban a la luz de las velas en un hotelito de Tilcara, compraban productos frescos en San Juan y se bañaban en las frescas aguas de Mar del Plata. En una ocasión, mientras fotografiaban el lago Nahuel Huapi-escudriñados por un paisaje de agua azulina y picos montaña nevado- notaron que un joven extraño los observaba: era miope, con anteojos espesos, parecía que tomaba notas con un lápiz grueso. Evelio se detuvo a mirarlo y le chistó a Jonita para que se calle. El joven viste un pantalón descosido, una casaca blancuzca y una gorrita verde con visera roída por las polillas. Silvia-asustada y dubitativa- se acercó y le pregunto al joven que estaba haciendo, por que los miraba y anotaba. El joven se presentó-tenía vos nasal, parecía resfriado- y le comentó a la pareja que era artista, que se había conmovido por la postal: Gente, ustedes y ese perro me han inspirado, son tiernos, amables, se nota que se quieren. Miren el dibujo, se llama El perro y Los humanos, dijo el joven, y estornudó y se pasó la mano por su nariz. La ilustración plasmaba lo que sucedía: la mujer y el hombre con las manos cruzadas y el perrito mirándolos desde el suelo.
La pareja se alegró de haberse topado con aquel extraño joven que se inspiró con su imagen. Si inspiraron una obra artística, por más profana y mundana que sea, podían inspirarse ellos mismos y seguir imaginando que los años de su adultez se reducían con el paso del tiempo y con la compañía de Jonita.
Y así retornaron a su ciudad. Evelio sonreía y apretujaba con sus manos el volante y Silvia llevaba en su regazo al pequeño animal, que con sus tres años de vida, tenía una existencia utópica: comodidades, alimentos de primera calidad, baños con productos especiales y vacunado contra cualquier pestilencia que amenace la vida de su delicado cuerpecillo.
Cuando llegaron de su largo viaje sentían una filiación más prominente, tanto entre ellos, como con el animal. Las profecías empezaban a ser realidad, las palabras hechos. Jonita había puesto en acción a los viejos, que ya se comenzaban a sentir que sobraban o que generaban demasiadas molestias. Antes de Jonita, se habían estado dejando por la autocompasión y la melancolía. Silvia pensaba que el miedo se podía volver enfermedad y se lo comunicaba sin rodeos a Evelio, que le daba palmaditas y la consolaba.
Pero ahora gastaban sus ratos libres con el can, que estaba siempre dispuesto a brindar su elocuente felicidad y su notable buen humor. Jonita se había vuelto popular dentro del círculo familiar: era enaltecido por los mayores y desdeñado por los más jóvenes. Durante las comidas, cuando la atención se dirigía hacia los frondosos manjares-carne azada, ensaladas multicolores y verduras horneadas- Jonita se encabritaba y ladraba enceguecido tratando de captar protagonismo. Evelio y Silvia no lo acallaban y todos debían levantar las voces y comunicarse a través de gritos que imprimían a la atmósfera un tensionado aire de incomodidad. Andrés se arrepentía del regalo, Lorena se arrepentía que Andrés les regalase el canino a sus padres y Alicia, la madre de Lorena-en una intuición siempre refinada y alerta- notaba estos enfados y proponía un brindis para divertir a la tropa de humor cambiante. Martín, hermano de Lorena, pateaba por debajo de la mesa a Jonita, que salía disparado como una bala, y volvía a sus reclamos con ladridos punzantes y seguidos.
4- La tarde en que Jonita pereció, Evelio había llegado fatigado de la fábrica de la que era propietario. Ese día, el calor era agobiante y había lenguas de fuego provenientes del norte que abrazaban la piel generando una molestia considerable. Dentro del establecimiento industrial, la temperatura alcanzaba valores inhumanos y las chapas del techo supuraban un vapor que se cernía como un gas malicioso sobre las cabezas de los que allí desempeñaban sus actividades. Evelio había estado fundiendo acero todo el día y tenía las piernas entumecidas. Era el dueño, pero trabajaba como un artesano incansable de sol a sol. Los pistones que allí se fabricaban era notables por ese motivo: el continuo esfuerzo realizado por el propietario y su hijo Andrés.
Retornó a su casa con una pesadez notable y en lo único que pensó fue en abrir una lata de cerveza y beberla mientras miraba el partido de fútbol de su equipo favorito. Jonita trató de recibirlo con las mismas ansias de siempre, pero el viejo, lo aparto de manera delicada con una pesada mano que descendió por el aire trazando un semicírculo. Ahora no Jonita, dijo entre carraspeos. Y jonita se entristeció y corrió a cazar mariposas.
Ni Evelio, ni Silvia advirtieron que el Chunga pasaría por enfrente de su hogar esa tarde. El Chunga era un comadrejero de la zona, las vendía a precios bajos y con eso se alimentaba él y a sus perros. Andaba en una bicicleta andrajosa y siempre estaba desaliñado: una remera cortada en las mangas, desnudaba sus anchos brazos entubados y la cara estaba repleta de pozos producto de un acné mal tratado en su adolescencia. Tenía los ojos hundidos y achinados, la frente prominente en sus cejas y una nariz casi tan ancha como su rostro, con grandes fosas nasales que se inflaban cuando aspiraba el aire caliente del verano. La piel era de molusco: siempre resbaladiza, bruñida por el sol y humedecida por una transpiración pegajosa, emanaba un vaho a porquería y alcohol.
Mientras se abría paso por la polvareda levantada por los camiones que arreciaban de ganado, un pelotón de perros galgos lo acompañaba súbitamente con paso militar y determinación asesina. El chungo sacaba a las comadrejas de la madriguera y los perros las asfixiaban clavándole los colmillos en la tráquea de la víctima.
Cuando el Chunga estaba a cien metros de la casa de Evelio y Silvia, Jonita-abrumado- comenzó a olisquear la hierba y a seguir el rastro de un ratoncito que cruzó corriendo del patio hacia la ruta. El perrito observó como la tropa se iba acercando y su instinto lo traicionó de forma aterradora: en vez de regresar, decidió quedarse a la espera en la tranquera que daba al exterior. Aunque Silvia estaba barriendo la vereda de cemento contigua a su hogar, no advirtió que su querido animal podría estar en problemas.
La nube de polvo estaba cada vez más cerca y el Chunga-machete en la espalda, respiración dificultosa y cabello rizado- avanzaba con cada vez más velocidad con su bicicleta de color indefinido. Jonita comenzó a elevar el tono de sus ladridos y el galgo que comandaba la pléyade pareció advertirlo con vehemente violencia. Se adelantó unos pasos con gran velocidad y el Chunga trató de detenerlo banalmente. Cuando el blanquecino perrito intentó regresar a la tranquilidad de su hogar, el voraz y alargado perro lo había tomado del pescuezo y lo hizo volar por los aires. Emitió un chillido infernal y Silvia intentó pegarle con la escoba al primer perro que había comenzado con la agresión. Cuando corrió adentro para buscar a Evelio, cinco perros asesinos rodeaban al inocente perrito que ya tenía manchitas de un sanguinolento rojo en su delicado pelaje. El Chunga observaba un tanto risueño, y no hacía nada para detenerlos. De vez en cuando decía: HEE, HEE, como intentando disminuir los impulsos violentos de los perros cazadores que le mordían el vientre, las patitas y el cráneo a Jonita que desesperado pataleaba y se intentaba desligar de la combatiente presencia voraz de los perros comadrejeros.
Cuando Evelio salió, lo hizo con un revolver cargado y lanzado insultos al unísono. Le apuntaba en la cabeza al Chunga, que levantaba las manos y rogaba con voz bruta que no lo mate. Silvia intentaba frenar al viejo que desbordaba de cólera y frustración. Cuando este observó la imagen, impulsos eléctricos iban desde sus pies a la cabeza. Ahí estaba Jonita: con las vísceras empapadas de tierra, los ojos aterrorizados en actitud sepulcral, las orejas magulladas y los huesos de las patitas asomándose a la candente atmósfera de la tarde. Los galgos danzaban con estrépito, ladrando al cielo, alrededor del Chunga, que ya se había liberado de la punta de pistola propiciada por Evelio. El cazador estaba enmudecido mientras la pareja se abrazaba y se extendía en lamentos, y se marchó en silencio, con la pléyade de galgos triunfales, a cumplir con su deber.
La indignación se arremolinaba con el viento cálido del crepúsculo y el dolor fluía con pesadez sobre el olor a tierra y sangre que envolvía el cuerpo del animal que tanta felicidad había traído al hogar. Evelio busco una bolsa negra y resistente, metió al animal adentro y pensó: vino en una cajita entero y se fue en una bolsa hecho pedazos. Silvia entró a la casa, vio un retrato de la capilla a la cual ella asistía y se sintió defraudada por Dios, se miró en el espejo y contempló su apagado semblante. De nuevo la soledad, pensó. Evelio se echaba la culpa y cavaba un pozo no tan profundo. Silvia cortó de su jardín margaritas, rosas, conejitos e improvisó un ramillete de coloridas flores que eran más primaverales y felices que fúnebres y mortuorias.
Cuando el pozo estaba listo, Evelio hundió el animal delicadamente sobre la tierra y con profundo desconsuelo tapó el envoltorio. Silvia echó las flores sobre el montículo, se abrazaron, rezaron de rodillas y regresaron cabizbajos y desilusionados al interior de su hogar, que una vez más, se asemejaba a una apagada y poco colorida vivienda de dos personas, a las que el tiempo ya no los hacía tan protagonistas.


Ignacio Drubich

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