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Los caramelos y las nenitas

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Me llamo Fernando Daniel Cabrera. Tengo 31 años. Escribo desde muy chico. Conservo material desde los 14 años. Hasta el momento sólo he publicado un cuento llamado "Cinco pasos enfrente"; en el oeste de mi ciudad natal, Montevideo. Me siento preparada para lanzarme al mundo con mi trabajo. Tengo el oficio y la pasión necesarias como para conquistar a miles de lectores. Guardo en mi archivo de manuscritos: 3 novelas, cientos de poesías y cuentos. miles de reflexiones y citas. Ahora les dejo un fragmento de una de las novelas titulada: "Los caramelos y las nenitas". Que lo disfruten, y estoy a sus ordenes. Gracias por su atención.



Los caramelos y las nenitas.



I

El Quiumba, entró en el apartamento. Vio toda aquella riqueza, pensó en robar algo. Todo lo que había debía de ser carísimo, hasta el adorno más simple. Se imaginó, pudiendo ser bárbaro y brutal; golpearla y violarla, aunque, en seguida le dio asco.

- Una vieja tan hecha pedazos - se dijo – no se la come ni el ácido; además, en otros apartamentos hay cada cremita.

- Podría maltratarla – continuó – para sacarme la bronca de no encontrar un médium. Imagino que no se va resistir ni gritar, se entregará, con la certeza de que es el fin. Se va pudrir por días, tirada en el suelo sin que nadie encuentre su cadáver, hasta que el olor sea insoportable. Ya no va a tener que esperar más, achacándose día a día. La he vigilado, y, desde hace pocos años, se está viniendo abajo; primero, se empezó a ayudar a caminar con un bastón en la mano izquierda, tiempo después, el habla se le fue poniendo gangosa, seguro que por el desgaste de las cuerdas vocales, el aparato respiratorio y la lengua. Debe tener noventa y pico de años, ahora está quedando medio sorda y senil.

Una lástima, no poder ser su benefactor. Si hubiese encarnado hoy, habría corrido sangre; esta vieja sería fiambre.

Se fue del edificio. En la calle, vio una pendeja, de unos dieciocho o veinte años. Rubia, bonita, tímida, iba con los padres, a los que saludó antes de separarse de ellos.

El quiumba la siguió, y, cuando ella pidió fuego a un transeúnte, él se apuró a alcanzarla.

- Al fin, algo como la gente para encarnar- festejó el espíritu de las tinieblas.

Ella encendió el cigarro, el quiumba se zambulló en el filtro y al fin tuvo cuerpo.

Laura estaba en su casa, con un flaco. Una cucaracha caminaba por el espejo del baño. El pibe, la quiso matar con la jabonera. Laura se limitó a señalar con el índice, ¡allá!, ¡allá!

La bicha corrió, se escondió en el botiquín, la persiguieron por el baño, tratando de pegarle con una manguera, con un sepillo de peinar, puteando y pisando siempre tarde en los lugares que se posaba como burlándose de ellos.

Laura se fue un rato después, él, se preparaba algo para comer cuando la pendeja rubia, poseída por el quiumba, le golpeó la puerta.

- ¿sí? – preguntó el novio de laura, entreabriendo la puerta.

- Disculpe – contestó la joven – me sentí un poco mareada. ¿Me podría dar un vasito de agua?

- ¡como no! – asombrado y ansioso – pasá, ya te sirvo. ¿comiste algo? – agregó.

Fuente repleta sobre la mesa, ambas miradas la escrutan.

- Bueno, le agradezco, pero tampoco quiero ser molesta.

- Hagamos una cosa – dijo él – servite lo que quieras.

- Gracias – dijo la chica endemoniada, abalanzándose sobre la fuente.

Nelson, así se llama el novio de laura, luego de comer con su invitada, está sentado en el water, sin hacer fuerza. Esperando. Pensando.

- Que buenos estaban – se dijo – que raviolones deliciosos, esa cebollita picada por arriba. Que bien preparada la ricota, los puntitos negros entre rosáceos y naranja del relleno, tan similar a los mejillones – se refregó las manos-cada día cocino mejor-, apretó los puños, quedó colorado como un viejo alcohólico, y, largó el primer sorete; de esos tan duros y gruesos, que parten el culo al medio. Al caer como una pedrada a un charco, le salpicó en las nalgas el agua fría del water.

- Hace tanto que no comía raviolones – se dijo – encima ahora los estoy cagando. La última vez, fue cuando trabajaba en el restaurante donde conocí a laura.

Suspiró. La frente le sudaba y pensó: - ahora empecé a cagar bastante bien – se arrolló hacia delante, por un retorcijón de estómago – tenía una tranquera. Una vez por semana, marchaba a enemas.

Laura volvió sudando,afuera hacia calor. Fue a buscar algo para tomar. En la cocina, estaba la extraña mujer, agachada frente a la heladera, Laura, se acercó sin ser vista por la joven, Nelson, ya volvía del baño.

- es la hija de Belcebú – gritó.

La chica absorbía las tripas por el culo de una rata como si se tratara de una hostia.

– Nelson, rápido. Tráeme la sal por favor.

- ¿Qué? Encima se la vas a condimentar – balbuceó él.

- No seas estúpido. Está poseída por el demonio – afirmó – sé bastante de eso. La sal ahuyenta a los malos espíritus. ¿Cómo la dejaste entrar?

- Dijo que se sentía mal, sólo intenté ayudarla-respondió aturdido y fue a buscar la sal.

- Tenemos que esparcirla alrededor de ella, para que no pueda atacarnos a nosotros – le indicó Laura, retirándose unos pasos.

- ¿Ahora, qué hacemos, Laura?

- Vamonos – lo agarró del brazo llevándolo hacia la puerta.

El quiumba al terminar con la rata, se puso a contar los granos de sal, uno por uno, perdiendo el tiempo, las horas pasaron y la sal fue desintegrándolo hasta que, a la mañana siguiente había desaparecido por completo.

- Estoy desencarnado otra vez – se dijo el quiumba, dos llamaradas humeantes le salieron de las orejas.

Salió de excursión por las calles a ver que descubría. En una esquina, iluminada por un farol antiguo, había un vomito en la vereda. Se había expandido durante un largo tramo de la noche. El rocío nocturno, ayudó para que no se terminara de resecar, antes de que saliera el sol, y, quedara nada más que simples pedazos de alimentos pegoteados en la vereda. Unos trocitos de zanahoria, bien picada, carne en proceso de desintegración, con un color blanquecino verduzco, algunos mostacholes enteros sin digerir, que, donde cayeron quedaron.

- Me parece raro que no halla pasado algún perro – pensó – que les encanta comer desde vomito, desperdicios podridos hasta mierda; y, se lo halla morfado todo, lameteándose satisfecho los bigotes engrasados. En el piso, habría quedado sólo la mancha violácea y amorronada de vino y bilis.

Una mosca revoloteó unos segundos y se posó en el vomito, el Quiumba la miró y se dijo: ¿Por qué no? Incorporándose en ella. La mosca es aplastada por un caminante, y,el alma maldita, otra vez al astral. A rendirle cuentas a todo el panteón de los dioses.

Álvaro, es un viejo borracho. Canoso, desalineado, la cara colorada, se ven las venas surcando las mejillas y la nariz. No se prende la camisa. Su prominente vientre peludo al aire.

Con las manos abre el diminuto y delicado cuerpito, de un bebé, que llora, y, eso a Alvaro lo desquicia.

Tambien debe estar poseído por alguna criatura del infierno, para hacer semejante aberración.







II

Mario, después de asegurarse de que nadie lo estaba viendo, se acercó el pollo a la nariz.

- parece que está fresco – se dijo – esta debe ser una ofrenda de alguien con mucha plata.

Había todo tipo de frutas, toscazos, una botella de caña y una de wihsky, un frasco de miel, monedas, collares, anillos, pulseras; algunos papeles escritos con sangre, y, otro tanto de cosas más. En una volqueta, consiguió una bolsa, como para llevarse alguno de esos regalos. Nunca se había sentido como ahora: dios.

Mientras juntaba iba probando bocados, y cuando arrancó caminando, le pidió fuego a un gordo que pasó fumando un tabaco pegado al labio de arriba. El gordo hablaba y el tabaco no se le caía. Se fue pensando.

- gordo de mierda. ¿a que no podes equilibrar un toscazo de estos?

El Exú, mira a todos lados buscando un médium, un cuerpo humano, vivito y coleando con el cual pueda tener acceso a tan extraña ofrenda que le han dejado: sobre un nylon blanco, pororó y sangre chorreada.

Mónica estaba en la puerta de una pizzería. Jugueteando con el cabello, con interés de seducir al repartidor de pedidos parado muy cerca suyo. El Exú la vio y sin pensar más, se acercó, esperó que entrara a la pizzería. (Ella, no sabía nada de espíritus, no podía sentirlo). Él se metió en el vaso de jugo que ella tomaba. Minutos después comenzó a dominarla. Le apretó las tripas, le enrojeció los ojos, la hizo agacharse en cuatro patas como un animal. Babeándose y gritando palabras obscenas. La gente que estaba en la pizzería reaccionó de formas muy distintas: algunos se burlaron, otros se horrorizaron y pidieron al cantinero que la sacase del local, también estuvieron los que gozaron de verle los calzones.

- ¡levantate un poco más la pollera! – le decían y ella los puteaba.

Salió.

El Exú dentro de ella, la llevó directo a donde estaba la ofrenda. Se arrodilló en el piso. Primero mojaba el pop en la sangre, lo saboreaba. Después lamió el nylon hasta dejarlo tan blanco como recién comprado.

- la pucha, tengo un hambre impresionante – pensó el Exú - ¿Quién habrá sido el amarrete que me dejó esta porquería por ofrenda? – sin darse cuenta, que, Mario, el bichicome, sentado en un banco de la plaza se preparaba un banquete con lo que a él le pertenecía.

Mario tiraba de las plumas al cadáver, las venas de los brazos se le hinchaban, la cara se le enrojecía, sintió desvanecerse, tomó unos tragos de caña, creyendo que lo salvarían de un posible desmayo.

Una negra cubierta de collares, brazaletes y una corona con velo dorado, se miraba en un espejo que sostenía delicadamente en su mano izquierda. Respiraba lividinal. Los pezones le crecieron. Abrió las piernas y su sexo se humedeció. Tuvo un orgasmo, seguido de un río que brotó de la vagina con agua muy clara y dulce.

Mario se rindió a esas alucinaciones tan placenteras. Un negro grandote, musculoso, apareció en ellas. Vestido con una falda blanca y roja y un collar de cuentas con los mismos colores. Levantó con fuerza un hacha de doble filo, golpeó el río y lo partió al medio. La morena desapareció y él también, en un espantoso torbellino de humo y polvo.

A Mario no le gustó salir del sueño y ver, que sostenía el pollo como un pelotudo. No le sacó una sola pluma más. Lo tiró atrás del banco, y, se dedicó a comer algunos de los otros manjares. Se apartó algunas cosas para la noche.

Mónica, que no es Mónica, sino el Exú en el cuerpo de Mónica; ve a Mario y sigilosamente se sienta en un banco cercano. Pone cara de amargada.Se tapa como llorando. Lo mira de reojo.

Mario ni se inmuta. Ella empieza a gemir, ahí él la escucha, mira al lado. La ve. Las piernas cruzadas, la pollera bien corta y holgada se mueve con la brisa dejando ver hasta la nalga, a Mario se le agrandan los ojos, la aorta, el hipotálamo y la pija.

Ella se entretiene jugando a sacarse y ponerse el zapato, como al descuido. Él se acerca y le ofrece una manzana. Ella la recibe, con una sonrisa y sin ninguna palabra.

- ¿Por qué llorás? – preguntó, y la hizo suspirar acariciándole una mejilla.

El Exú en su interior inventa una mentira.

- Un amigo muy querido, se suicidó, sé que no tengo que achacarme.

Él le levanta con un dedo la lagrima que le moja la cara .

– No puedo evitar sentirme culpable por no poder hacer nada para ayudarla-.

Dice Mario, agachado, sosteniéndose de las rodillas de ella.

– nosotros no podemos influir en el destino de las personas, no contamos ni con una décima parte del poder de dios.

Mónica miró a otro lado y el Exú en su interior sonrió con malicia.

- Eso es lo que crees – pensó.

Comió la manzana con ordinariez, apurada y cayéndosele los pedazos de la boca.

- Ni yo que vivo en la calle como con tanta desesperación – pensó Mario.

- Veo que tenés mucha hambre – dijo, arrastrando la bolsa que tenía al lado – servite lo que quieras.

Ella se zambulló en la bolsa, ensuciándose toda. Comió puñados de zanahorias, con papas, cebollas, arroz, panceta, tallarines, ciruelas, limón, uvas, champiñones, soja, nueces, ajo, tomates, salvia, laurel, pomelo, romero, filetes de lenguado, aceitunas, lechuga, mayonesa, naranjas, clavo de olor, costillas de cerdo, espinaca y roquefort con manteca; pero, cuando encontró la botella de caña, el whisky y los toscanos, resopló, lo miró a Mario con la cara hecha una ensalada con salsa agridulce y dijo:

- éstas son las llaves de la libertad, la cúspide del placer espiritual con que se ahogan todas las penas. ¿Tenés fuego? Ah, y un poco de miel para endulzar las bebidas – eructó, prendió el toscazo mientras Mario buscaba la miel en la bolsa.

El Exú, levantó la botella de caña, y, cuando la iba a empinar para tomar un trago dijo: - ¿no tenés una copa? No es muy delicado que una mujer tome del pico.

- No tengo – contestó, embobado de asombro; viendo a aquella mujer envuelta en mugre tratando de disimular su indecencia.

- Bueno, tomamos así – y se bajó como un cuarto de botella – servite… - lo miró alargando esa e hasta que él le dijo:

- Mario. Me llamo Mario – se apuró, mientras agarraba la botella - ¿y vos?

El Exú, es un espíritu descarnado, viene al mundo desde el astral. Trae un mensaje de paz y sabiduría para la humanidad; pero así también es toda acción que genera una reacción, es luz, y es sombra. Es agua y tierra. Es blanco y negro, bien y mal. Hombre y mujer; hoy, encarnó en esta última. Un médium que eligió por si mismo, al azar, mejor dicho, a las apuradas. Por eso no sabe el nombre de ella, tenía hambre, y se le incorporó a la pobre, que no tenía nada que ver con la religión. El Exú no sabía que su médium se llamaba Mónica, entonces miró alrededor para encontrar en algún cartel un nombre apropiado.

- Ofiuca – dijo, después de ver el anuncio en la entrada de una pizzería, a media cuadra de donde estaban.

- Que coincidencia, acá hay un boliche que se llama así – dijo Mario, señalándolo – dicen que el nombre viene desde la antigua Grecia, creo que era el dios de la medicina o un curandero de la época.

- Que honor – dijo irónica – cuanto sabes Mario, sos muy culto para vivir como pordiosero.

- Llevame a vivir contigo, mamita – muy despacio le acarició la mejilla y le metió el pulgar en la boca, que ella chupó como un postre delicioso y, respondió:

- Vamos.


Fernando Daniel Cabrera

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